Bolivia llega al balotaje del 19 de octubre como quien despierta de un sueño largo y pesado. Veinte años de un modelo que prometió refundarlo todo y terminó agotándose a sí mismo. El Movimiento al Socialismo (MAS) no cayó con un golpe, sino con un largo y sostenido bostezo. Se derrumbó desde adentro, víctima de su propio confort ideológico y de un ciclo económico que expiró con el gas.
El país que alguna vez fue emblema de la izquierda latinoamericana votó el 17 de agosto pasado por dos opciones de derecha. El MAS quedó fuera del balotaje por primera vez en dos décadas.

Fue una implosión histórica para un movimiento que supo ser el sinónimo mismo del poder. Y terminó abandonado por su propia base. En la primera vuelta de hace dos meses, esa Bolivia mestiza, chola, comerciante y cansada migró –sin nostalgia– hacia la centroderecha de Rodrigo Paz Pereira, un político con apellido patricio pero discurso de “platita para todos”.
Este candidato -que figuraba con un 8 por ciento de intención de voto en las encuestas- obtuvo el primer lugar en la carrera por el Partido Demócrata Cristiano (PDC), con el 32.1 por ciento de los votos. Economista, exalcalde de Tarija e hijo del expresidente Jaime Paz Zamora (1989-1993), representa una centroderecha pragmática. Una suerte de “liberalismo con alma social”.
Su lema “Platita para todos” no es casual, intenta capturar el desencanto del votante popular que antes confiaba en el MAS. Paz encarna la idea del político moderado que se adapta al cambio de época sin romper del todo con la sensibilidad social que marcó el último ciclo. Éste condensa la propuesta de un capitalismo con rostro humano, orientado al crédito, la descentralización y la reactivación de la economía informal. No grita revolución, promete orden, gestión y una nueva oportunidad para el ciudadano común.

El otro candidato, que salió segundo en primera vuelta con el 26.8 por ciento, es Jorge “Tuto” Quiroga, exmandatario entre 2001 y 2002 y viejo conocido de la política boliviana. Ingeniero formado en Texas, discípulo de Hugo Banzer y devoto de la ortodoxia neoliberal. Promete “la mayor revolución liberal de la historia de Bolivia” y cita sin ruborizarse a Javier Milei. Quiroga se presenta como el hombre que traerá disciplina, apertura comercial y acuerdos de libre comercio, aunque su discurso suene más a ajuste que a modernización.
Promete menos ministerios, acuerdo con el FMI por 12.000 millones de dólares, eliminación gradual de subsidios y apertura comercial al estilo de los noventa. Su discurso –motosierra incluida– entusiasma a los mercados, pero inquieta a las calles. Quiroga va primero en las encuestas. Liberal sin complejos, promete “sinceramiento” y quiere sumar a Argentina y Chile a su cruzada por el litio. El mercado aplaude, la calle duda.

Ambos se disputan un país fracturado, sin mayorías en el Congreso y con la economía en terapia intensiva. No es una disputa de ideologías, sino de estilos de mando. Rodrigo Paz es la expresión del agotamiento sin ruptura, un hijo del sistema que promete oxígeno sin dinamitarlo. En cambio, Tuto Quiroga es el intento de resucitar el viejo credo de los noventa en un país que ya no es el mismo.
Entre ambos se juegan no solo la presidencia, sino el tono del nuevo ciclo boliviano: el pragmatismo de supervivencia o la ortodoxia de manual.
En este tablero, los votos de Samuel Doria Medina, que salió tercero en la primera vuelta con un 19.6 por ciento. son decisivos. Empresario, exministro y rostro histórico del centro liberal, representa a una clase media urbana y tecnocrática que ve en Quiroga un regreso al pasado y en Paz una opción más fresca y viable. Sus electores, en buena parte, migrarán hacia este último, atraídos por su moderación, su promesa de gobernabilidad y por el apoyo público que le dio Doria Medina.

El otro botín electoral son los 1.3 millones de votos nulos promovidos por Evo Morales en la primera votación tras su exclusión judicial y la fractura con Luis Arce. Ahora en el balotaje, el exmandatario optó por un retiro táctico y llamó a la “libertad de acción”. Un gesto calculado para no dilapidar su influencia ni aparecer aliado de nadie. La mayoría de sus bases –rurales, sindicales y cocaleras– se debate entre la abstención y un voto útil a favor de Paz, percibido como el “mal menor” frente a un Quiroga que simboliza para ellos la revancha del viejo orden.
De esta manera, el voto popular que durante dos décadas sostuvo al MAS hoy define su sucesión. La paradoja boliviana es evidente: el movimiento que nació para enfrentar al neoliberalismo terminará eligiendo entre dos variantes de él.

El fin del modelo plurinacional abre la puerta a un gobierno que, sea el que fuere, deberá recortar subsidios, negociar con el FMI y reducir el Estado. Ninguno promete milagros porque ambos saben que el margen de maniobra es mínimo y la paciencia social, corta.
El MAS fue el relato que le dio sentido a Bolivia durante dos décadas. Su caída no deja solo un vacío de poder, sino un vacío de sentido. Y ni Rodrigo Paz ni Tuto Quiroga tienen, por ahora, la narrativa ni la épica para llenarlo. Es justamente en ese espacio donde se escribirá el próximo capítulo de la historia boliviana.
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