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Leda tiene 44 años y es laica. La Iglesia Católica le otorgó hace 9 años el carisma de la liberación y la sanación. Cada martes encabeza un ritual de oración cantada en la basílica, que se llena de gente a la que les impone sus manos. Le adjudican cientos de curaciones de enfermedades y afecciones sentimentales. La llaman la sacerdotisa
El aire helado espanta. Pocos se le animan al invierno recién llegado y la ciudad anochece solitaria en el centro de Rosario. Es el tramo final de un martes feriado y, pese a que son las 20.30, el Santuario Basílica Catedral de Nuestra Señora del Rosario, ubicado en Buenos Aires y Córdoba, está lleno de gente esperando el milagro.
La llaman la sacerdotisa, aunque nunca tomó ningún voto religioso. Leda Bergonzi entra a la catedral de Rosario con jeans ajustados y campera inflable de esas que están de moda. Calza zapatillas tipo botitas que le hacen juego con el pullover blanco. Tiene 44 años, pero aparenta muchos menos. Está casada, es mamá de 5 hijos y también tiene una nieta.
Nada de túnicas, ni cabellos cubiertos. Su rostro es terso y rosado. Es una mujer vigorosa, de un impulso totalmente distante de las lánguidas esculturas de santas y vírgenes eternamente contemplativas, que aun así embellecen todavía la antigua basílica, la parroquia central de Rosario. Leda, en cambio, es muy carnal pero solo en apariencia. Su interior es una profunda cavidad ininteligible para el razonamiento, solo asequible a través del espíritu y el corazón.
También le dicen la sanadora. Desde que la comunidad religiosa que representa, Soplo de Dios Viviente, llegó a la catedral en diciembre pasado, su presencia se convirtió en un fenómeno de fe. Cada martes se congregan unos 300 fieles para orar junto a ella y más tarde, recibir su bendición. Leda impone sus manos a cada uno de los participantes, les habla en lenguas indescifrables, les susurra a los oídos. Muchos caen al suelo. Otros tantos, aseguran que fueron curados de enfermedades corporales y malestares espirituales. La mujer lo confirma: tiene un don, un regalo divino para hacer el bien a los demás y cuando acciona sobre cada uno de los fieles, no es ella. Es dios.

Ritual de sanación
Leda nació en Rosario, donde vive y trabaja. Hace 9 años, la Iglesia Católica le otorgó un carisma –la Real Academia Española lo define como “el don gratuito que Dios concede a algunas personas en beneficio de la comunidad”– de liberación y sanación, algo así como la oficialización de los poderes de curación que manifestó desde que era muy chica aunque sin darse cuenta. Dicen que las personas con dones espirituales reniegan un poco de ellos y Leda también los negó por mucho tiempo. Hasta que fueron inevitables: tocaba a las personas justo donde la enfermedad se expresaba, veía situaciones, le surgían mensajes incomprensibles para ella hacia desconocidos que, en cambio, sí podían descifrarlos.
La resistencia a aceptar ese “regalo de dios” tenía que ver con la necesidad de seguir su vida y disfrutar de sus afectos en libertad. Leda quería ser “normal”, pero su camino sería otro. Carente de conocimiento teológico, su andar siempre fue intuitivo y ligado a sus conversaciones celestiales: la mujer asegura que habla con dios, Jesús y la Virgen y que el Espíritu Santo la guía.
Hoy, quienes la conocen de cerca, consideran que lleva su carisma “con la gracia de Dios porque no es humano lo que le sucede”.

Los primeros pasos fueron en barrios periféricos, donde el grupo vuelve una y otra vez, para hacer trabajo social. Soplo viviente no solo es una comunidad que invita al recogimiento de la oración sino que también, acompaña a vecinos y vecinas que atraviesan instancias difíciles, como por ejemplo, el abuso sexual y la violencia de género.
Son casi las 9 de la noche. Hace un rato, Fabrizio, el esposo de Leda, habló a los presentes en una especie de preparación espiritual para lo que vendrá en breve. Las luces del templo quedan reducidas a la nave central. El altar desprende un fulgor verde, que muta al rosa. El resto es penumbra y silencio.
Por el costado izquierdo del edificio, aparecen Leda, Juan Cruz, el guitarrista, y una servidora. Así se denomina al grupo de allegados a la sanadora que junto a los colaboradores y colaboradoras alcanzan una veintena. Rosario en mano, se encargan de correr los bancos para disponer del espacio suficiente, también son los que organizan los pedidos de los fieles y sus necesidades: ubican en los 3 primeros bancos a enfermos y enfermas terminales. Serán, después, quienes sostengan a los fieles que caen al suelo en trance.

Soplo viviente empieza dispersarse por el templo, como una corriente energética que va rodeando las pesadas columnas. Leda inicia el ritual con una oración cantada, que no se interrumpe. Su voz es fresca pero fuerte, se despega del pecho palabra por palabra, remarcada por los ojos cerrados y un gesto cargado de paz. El rezo de la sanadora suena a otros mantras religiosos en los que se usan expresiones en castellano neutro, sin regionalismos. Sin embargo, se diferencia cuando llama a dios “papá”.
“Mi vida nunca será igual”.“Ríndete ante la presencia de dios”. “Cámbianos la vida señor”, recita esta mujer que logra la permanencia de cientos de personas en silencio, muchas arrodilladas, otras tumbadas contra el suelo o con los brazos en alto. El rito, con destellos carismáticos o evangélicos, es acompañado por el cura párraco, Osvaldo Macerola, quien se acerca al altar y expone al “Santísimo Sacramento”, lo que en el credo católico significa la viva presencia de dios.
“¿Por qué te preocupas? Todo a su debido tiempo llegará. Entrégate. ¿Acaso hay algo que te pertenezca a tí? Te sientes en plena noche, invadido por la noche, préstame tu vida, cuántas cosas haré. Entrégale a Cristo tu corazón. Búsquenlo, crean en él”, exclama en medio de los cánticos, en los que introduce frases “en lenguas”. Sus colaboradores aseguran que llegan a ella de forma divina y que nos las comprende. La sanadora es solo un instrumento de dios.
Tampoco es ella cuando impone las manos. Incluso, no recuerda a las personas ni los mensajes que les vuelca al oído. Quienes la conocen, dicen que por fuera del carisma recibido, es una mujer común y corriente, de esas que no andan abrazando a la gente. Pero, cuando dios obra en su corazón, se transforma en un ser dulce y contenedor. Así se la ve cuando, cerca de las 22, comienza a recibir a los fieles más necesitados.

Leda no cesa su canto cuando se acerca a cada uno de ellos, dispuestos frente al altar. Su presencia es contundente y arrolladora, y al mismo tiempo, hay algo en su rostro que la vuelve niña, como si de repente se la despojara de la vergüenza de la adultez. Se detiene cerca, pone sus manos en las cabezas o en otras parte del cuerpo, muchas veces sobre el corazón. Sonríe. Habla/canta en tono alto, pero en una lengua inasequible y sus movimientos a veces son espasmódicos.
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