Indefectiblemente, debe tenerse como cierta la versión de la víctima, y totalmente falaz la pretendida explicación de lo sucedido conforme la ilógica, increíble, versión del acusado”, señaló el juez Pablo Busaniche en los fundamentos de la condena impuesta al médico santafesino Pablo Javier Nadalich (38).
Además de imponerle la pena de 8 años de prisión, como autor de “abuso sexual con acceso carnal”, el magistrado dispuso la prisión preventiva de Nadalich, que habìa llegado al juicio en libertad. Permanecerá cautelado hasta que el fallo adquiera firmeza.
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La investigación del hecho, ocurrido en abril de 2018, estuvo a cargo de la fiscal Alejandra Del Río Ayala, que junto al abogado querellante Sebastián Oroño pretendía que la condena fuera a 9 años de prisión. La defensa, a cargo del Dr. Oscar Fabián Velázquez, había solicitado la absolución de culpa y cargo.
Por Tinder
Nadalich conoció a la víctima en marzo de 2018, a través de Tinder. La joven de 25 años y él intercambiaron chats durante un mes hasta que finalmente decidieron conocerse en persona. La noche del viernes 6 de abril se reunieron en un conocido bar del centro santafesino.
La mujer señaló que no había una intención romántica en el encuentro, sino que él la había invitado tras contarle que le hacía bien hablar con ella, ya que estaba en medio de un tratamiento por adicciones. De hecho, esa noche los padres de Nadalich también concurrieron al bar, y se sentaron en otra mesa, como parte del “protocolo de control” establecido en el marco del mencionado tratamiento.
Pasadas las 23, el matrimonio se retiró hacia su casa, y Nadalich y la joven decidieron irse caminando por la peatonal. Según lo indicó el juez en sus fundamentos, Nadalich la invitó a continuar la conversación en su vivienda, en la zona del 9 de Julio al 2700, por lo que fueron hasta allí y antes de ingresar compraron una cerveza.
Se instalaron en el patio, ubicado en la parte posterior de la vivienda, que estaba pegado a la habitación de él. En el interior había una cucheta, un colchón tirado y un escritorio sobre el cual se encontraba una computadora y un tarro azúl con marihuana, “que él justificó tener como parte del tratamiento que realizaba, para fumarla en caso de necesidad de consumir cocaína”.
Tomaron la cerveza en el patio, mientras continuaban la conversación. “Nadalich intentó acercarse, abrazarla y besarla, pero ella se lo impidió y le dijo que esas no eran sus intenciones”, indicó el juez en sus fundamentos. Luego, de forma repentina, la joven comenzó a sentirse muy cansada.
Él le ofreció recostarse en la cucheta, ella aceptó y fue entonces que él comenzó a fumar marihuana. Ella le dijo que no lo hiciera, pero Nadalich se justificó diciendo que era la manera de evitar consumir cocaìna. Lo vio salir del cuarto, y momentos después quedó inconsciente.
Cuando la víctima se despertó, lo tenía encima. Resistió el abuso, hasta que logró que él se alejara, agarró sus cosas y se fue de la casa. Nadalich la siguió hasta la puerta y le dijo “chau loca de mierda, espero no volver a saber de vos nunca más». En estado de shock, la mujer buscó un taxi y se dirigió a su casa, donde le contó a su madre lo que acababa de ocurrirle. Al día siguiente radicó la denuncia.
«Hechos indubitablemente vividos»
“La versión acusatoria tiene un primer y fundamental sustento probatorio en la propia declaración de quién aparece como víctima denunciante del hecho, quién brindó su testimonio en diversas oportunidades y ante distintas personas”, destacó Busaniche. “Esta clara y precisa versión que fue dada en su denuncia, se repitió además ante su madre, luego ante la psicóloga que la asistió en el área de la mujer de la Municipalidad de Santa Fe, ante el médico que la examinó y ante su psicóloga personal. Dando así corroboración interna a su relato, que se encontró entonces coherente y sin contradicciones, y fue sostenido en el tiempo”.
«Se aprecia un relato verosímil, dado con coherencia, un relato posible en cuanto tiempo, modo y lugar, con muchos detalles y manifestado con emociones que denotan hechos que aparecen entonces indubitablemente como vividos», analizó, «un relato sentido, prestado con mucha angustia y vergüenza, racional, efectuado con dolor pero con respeto, que hizo saber de sus dudas y miedos de cómo o no actuar, de si debía o no denunciar, si podría o no soportar un proceso público al efecto».
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