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Murió Marcelo Araujo: disruptivo, transgresor y culpable de que los argentinos dejaran de bajarle el volumen a la tele a la hora de ver fútbol

El frío título dice que murió Marcelo Araujo. La rápida retórica responderá que nunca será tan textual la fría enunciación cuando quien ahora parte, antes llegó al corazón de su gente. Y Marcelo Araujo logró eso. Su estilo disruptivo en el relato televisivo, cuando antes todo era demasiado almidonado, lo elevó a un parnaso de pocos en la comunicación futbolera de un país que cuenta con una excesiva pasión por un deporte que cambia el humor cotidiano según el resultado de su equipo un domingo por la tarde.

En los noventa y con la irrupción del cable, Marcelo Araujo, contratado ya por Torneos y Competencias, modificó las maneras de narrar un evento que de por sí cuenta con lo más importante: la gente está viendo lo que sucede. Su peculiar impronta logró que el televidente dejase de bajarle el volumen a la tele para irse a la pasión casi desenfrenada de los relatores radiales.

Araujo logró un sonido, una marca en la manera de relatar y eso lo volvió poster en los jóvenes talentos que soñaban hacerlo como él. Hasta Araujo, casi nadie imitaba a un relator de tele. Incluso él mismo lo hizo distinto antes de esos años en los cuales, con un especial desenfado, trocó el posicionamiento del relator televisivo de fútbol.

Araujo llegó a esta profesión cuando expiraban los años 60. Inició como muchos su camino en “La oral deportiva”, que por Radio Rivadavia conducía el por entonces intocable José María Muñoz. Allí, con Adrián Paenza y Mauro Viale, solían viajar a City Bell (La Plata) a cubrir la información de Estudiantes que con Osvaldo Zubeldia como entrenador, y su máximo exponente y alumno Carlos Bilardo en la mitad del campo, estaban haciendo historia en la Copa Libertadores. Ganaron tres seguidas y la Copa Intercontinental en el Old Trafford de Manchester. Rápidamente Araujo adhirió y defendió las ideas “bilardistas”, incluso cuando todavía la corriente no llevaba ese nombre.

Uno de los momentos más icónicos fue el nacimiento de «El Torero». Para Araujo, Juan Román Riquelme no solo jugaba al fútbol, sino que ejecutaba una danza frente a sus rivales. El apodo capturó a la perfección la elegancia y el desafío del 10 de Boca en la Bombonera.

En la misma vereda, Araujo fue el responsable de consolidar a Carlos Tévez como “El Apache”. Cada vez que el joven encaraba, el relator remarcaba su origen y su entrega, convirtiendo una referencia geográfica en un sello de identidad imborrable.

     

Otro fue «Chapita» a Guillermo Barros Schelotto: un apodo que acompañó cada una de las travesuras y goles del Mellizo, especialmente en aquellos superclásicos vibrantes donde Araujo perdía la voz gritando su nombre.

«El Chileno» –pronunciado shileno– Marcelo Salas: pocos relatos son tan recordados como el «¡Chileno, Chileno!» de Araujo. Elevó a Salas a la categoría de prócer en River, destacando su estirpe goleadora cada vez que inflaba la red.

Araujo también impuso una forma de dirigirse a los protagonistas y colegas. Su uso de la palabra “Master” se convirtió en una muletilla que denotaba respeto, pero también una complicidad única en las transmisiones de Fútbol de Primera.

Desde “Tweety» Carrario hasta «Pájaro» Caniggia, la lista de jugadores que pasaron por su «registro civil» imaginario es interminable.

Araujo no solo bautizaba, también preguntaba. Sus «¿Qué te pasa, -nombre del jugador-?», o el legendario «¿Digo bien?», eran el puente entre el relator y el futbolista.

Incluso con figuras como «Lobo» Ledesma o el siempre recordado «Jefe» Astrada, Marcelo encontraba la vuelta para que el espectador sintiera que conocía al jugador de toda la vida. Su partida deja un vacío, pero su diccionario futbolero seguirá vigente en cada tribuna.

Los relatos más recordados

Su estilo mezclaba el análisis riguroso, los tiempos manejados a la perfección en la narración de las jugadas, la ironía y esa forma particular de mencionar a los futbolistas con todos sus nombres y apellidos cuando convertían un gol.

Su popularidad como relator no tapó al notable periodista que siempre fue. En los ochenta y antes de salir el gobierno militar, en la sección “Cada loco con su tema” del mítico programa Sport 80 (que lo tuvo como factótum) le hizo en una previa de partido y aprovechando el Día de la Madre una memorable entrevista a Hebe de Bonafini, una voz que no tenía sonido en esos cruentos tiempos. Araujo se la dio.

En esa misma sección, otra vez leyó páginas enteras del libro “El Estado terrorista argentino”, de Eduardo Luis Duhalde. También era clave y muy recurrente su participación en los títulos que colocaban al aire desde todas las canchas los distintos cronistas cuando terminaba la fecha. Un distinto a la hora de abordar los temas.

Interpelador. Creativo siempre. Araujo junto a Néstor Ibarra, Fernando Niembro y el propio Paenza lograron en 1981 convencer y traer a Víctor Hugo Morales a relatar a la radiotelefonía argentina. Ese inolvidable equipo periodístico deportivo empezó desde la Radio Mitre de Julio Moyano a destronar el liderazgo casi histórico en las audiencias del Gordo Muñoz. Sport 80 rompió los esquemas y las maneras que tenía el país de contar y sentir el fútbol por la radio.

También fue director de noticias del Canal 11 en tiempos de la transición rumbo a la privatización para luego llamarse Telefe. Su amigo de la infancia Fernando Niembro era el interventor de dicho canal puesto por el presidente Carlos Menem.

Peronista siempre, vivió con cercanía las ideas kirchneristas. Luego fue el conductor de “Fútbol para Todos”. Sibarita de largas sobremesas, siempre bien regadas. Conversador apasionado. Figura clave de un tiempo donde su relato nos dejó a todos un poquito “crazy”

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